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Yo conocí a Amparo cuando nos preparábamos para la 1ª Comunión que recibimos de mano del Obispo Auxiliar de Valencia, Monseñor Lauzurica, en la c apilla del Volegio de Godella, el 6 de Mayo de 1932. Ella tenía seis años, yo uno menos.
Nuestros propósitos fueron: no cometer jamás un pecado mortal y no acostarnos sin rezar las tres avemarías de la Virgen. No lo he olvidado nunca, supongo que Amparo tampoco. Luego lo celebramos en el propio colegio tomando chocolate.
A partir de Octubre de 1939, cuando después de la guerra se reanudaron las clases, estuvimos siempre juntas. Hicimos el bachillerato, examen de Estado y luego Puericultura. Fue una amistad de colegio y de familia, vivíamos cerca y nuestras madres eran amigas. Muchas veces salíamos juntas de paseo con las mismas chicas y chicos.
Queríamos tener familias numerosas, porque teníamos una visión del matrimonio que nos acercara a Dios y llevara nuestros hijos hacia Dios. Un día discutimos sobre este tema, Amparo me dijo que si para tener muchos hijos era preciso explotar a las muchachas de servicio como entonces a menudo se hacía, era preferible no tener familias tan numerosas, defendiendo el trabajo de las chicas de hogar y su dignidad. Yo contestaba que necesitaba otras dos manos porque, sino, mientras limpiaba la caca de un hijo otro se me podía tirar por un balcón. Amparo me dijo "pues si para tener tantos hijos, hay que explotar a alguien, mejor es no tener tantos". Eran discusiones bizantinas en las que ella siempre salía en defensa de los que juzgaba oprimidos.
Si tengo que decir algo especial de Amparo, es eso, su preocupación por todos, jamás -y esto lo digo muy fuerte, porque me parece que es suficiente para santificar a una persona- jamás la he oído hablar mal de nadie. Si alguna vez hemos discutido -y hemos discutido poquísimo- siempre ha sido porque ella defendía a alguien. Una vez se disgustó conmigo porque critiqué a una persona, me dijo que, parecía mentira y me reprendió. Esto se me quedo muy grabado.
Recuerdo una vez -éramos crías de 14 años- paseábamos con otras amigas por la Alameda y delante nuestro iba una chica con su novio, llevaba uno de los primeros zapatos "topolino", con suela y tacones de corcho, empezarnos a reirnos, burlarnos y cotillear, nada de particular, cosas de la edad, de repente la chica se volvió y nos dijo ¿Qué miráis?, Amparo se disgustó con nosotras ¡no seáis cotillas!. Eramos revertidas, vitales, hemos amado mucho la vida.
Amparo se volcaba más en una persona que por algo estuviera desfavorecida. Era siempre la abanderada de todas las cosas de caridad, de amor por los demás, Creo que esto ha definido siempre.
Cuando se puso enferma, su hermana Mª Julia me lo dijo, para que si habláramos estuviera yo, ya enterada. Amparo me telefoneó desde Madrid, hablamos un rato y de repente me dijo ''tengo que darte una noticia" como si me dijera "me ha salido una cana, o me he comprado un traje en tal sitio" y añadió ''tengo cáncer de pulmón", le respondí "muy bonito ¿sólo eso?'" y me dijo ''que no, de verdad" y mientras me hablaba yo estaba segura de que tenía una sonrisa en los labios: sabía, por su voz, que estaba sonriendo, ella siempre sonreía, yo he sido de carcajada, Amparo de sonrisa.
La última vez que le telefoneé, al final me dijo como en broma, ''te dejo porque vienen hacia mí con una jeringuilla. Acuérdate un poquito de mi" y añadió "Se portan tan bien conmigo, me cuidan tanto" fue la conclusión.
Amparo Boix
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