YO CONOCÍ A AMPARO


Amparo y yo éramos primas hermanas, de una edad bastante parecida, y nos tratamos toda la vida. íbamos al mismo colegio, pero no coincidíamos en la clase. También pasábamos bastantes veranos juntas.

Amparo, antes de casarse, ya tenía la disposición de tener los hijos que Dios quisiera. Me impresionaba que tuviera tan claro lo que representan los hijos en la familia. Recuerdo que un día -a Federico todavía no lo conocía- le pregunté a Amparo, hablando de estas cosas, el concepto que ella tenía del matrimonio. Me dijo una cosa que me impresionó: "Mira, los hijos son un bien que Dios da, son un don que Dios nos da, son unos seres que nos los da en depósito, no en propiedad; los hijos no los podemos tener para satisfacción nuestra, para disfrutar de ellos y luego querer dirigir sus vidas; ellos tienen que vivir su vida; son unos seres que se nos da para que los criemos, los formemos, los preparemos para Dios, que es para lo que estamos en este mundo, y por lo tanto los padres han de saber prescindir de ellos cuando llega el momento".

De niña era una chica de un carácter muy apacible. Amparo, además de su dulzura, tenía un trato exquisito y una educación esmeradísima Era de una bondad fuera de serie, una mujer auténticamente buena; siempre se daba a todo el mundo, sabias que siempre podías contar con ella.

Si le pedías un favor, siempre decía que sí; la sensación que daba era que no le costaba, que nunca le molestaba y que no tenía importancia lo que hacía, y eso es muy gratificante para las personas que reciben el favor

Amparo tenía una idea muy profunda de la vida, muy formada. Era una mujer que tenía mucha transcendencia, la vida terrena la veía siempre con una proyección sobrenatural; y ella, en su comportamiento, en todos los actos sencillos de la vida -porque tenía un comportamiento muy sencillo-, todo lo hacia con esas miras. Yo creo que evolucionó. Amparo, por naturaleza, era una persona que tenía dentro unas cualidades para desarrollarlas; esa cualidad de bondad, de actitud de servicio, eso existía en ella y se depuró, mejoró y se perfeccionó a través de los años, a medida que se fue haciendo m-ayor, fue pasando la vida y ella fue madurando.

Siempre que hablo de ella digo: "Amparo es de altar; irá o no irá, porque sólo Dios lo sabe, pero es de altar, una fuero de serie, una persona de una bondad, de una ético, de una religiosidad, de un saber tratar a la gente, de una caridad hacia el prójimo que no son corrientes en este mundo actual".

Con el servicio demostraba el valor que ella daba al ser humano; ella veía al ser humano, a la persona, no veía las clases sociales, la prueba es que todas las personas del servicio que han pasado por su casa a lo largo de la vida han seguido teniendo relación, se han considerado miembros de la familia; Amparo las atraía al seno familiar, para ella eran seres humanos que tenía en su casa y le preocupaban sus problemas, lo que pensasen, lo que sintieran.

Estando embarazada de su octavo hijo, sufrió un accidente de automóvil que le afectó la columna vertebral. La escayolaron desde el cuello hasta el final de la columna; estuvo inmovilizada en la cama todo el verano, y le advirtieron que se trataba de una cura larga y fatigosa, y que se esperaba de ella una gran paciencia. Sufrió con calma la convalecencia y, cuando le quitaron la escayola, observó el médico, asombrado y admirado, que tenía una gran llaga en la espalda. Ante los reproches de] doctor, respondió simplemente que le habían pedido paciencia; y la tuvo hasta ese extremo.

No he visto nunca a Amparo enfadada, jamás en la vida. La sensación no era de que luchase, de que se dominase, no era la sensación de una persona educada que se controlara, no: la impresión que daba era la de que ella era así, tenía esa bondad y por lo tanto siempre disculpaba. Cuando contabas algo de un miembro de la familia o de algún conocido, siempre encontraba la disculpa a cualquier cosa que no estuviese bien. Nunca te ponía a ti en la situación violenta de que hubieses murmurado o hecho una cosa mal, sino que trataba de disculpar y justificar al otro, dando una explicación de porqué habría actuado asi. 0 sea, tu decías "Es que ha hecho...-, y ella contestaba: "En esas circunstancias no sabemos lo que hubiéramos hecho nosotros-; o "Es que ha habido un motivo desconocido por el cual ha reaccionado así o ha hecho esto-. A ti no te violentaba por estar criticando; tu habías hecho algo que no estaba bien, un comentario de critica, pero no te lo afeaba y siempre trataba de defender al otro, dando la explicación de porqué lo habría hecho, sin justificar la acción; eso era muy de ella.

Amparo tenía una cosa muy buena, que no te catequizaba, ni te daba lecciones, te daba ejemplo con su vida. Me da a mí la impresión que su religiosidad fue aumentando con la vida. Amparo fue perfeccionándose con la vida, se fue refinando espiritualmente con los años. Creo que llegó un momento en que llegó a comprender la importancia que tenía la salvación del ser humano, y fue afinándose en esas cualidades que Dios le había dado. Porque, la verdad, tenía muchas cualidades. Fue como un brillante, que lo fueron tallando y de él salió una joya; habla mucha materia prima, pero aquello se fue depurando con los años, con la familia numerosa -el dinero no era una cosa excesiva en la casa, sin haber agobios económicos, pero no era una fortuna para poder disponer-, muchos hijos, mucho trabajo, mucho sacrificio físico de criar hijos; dedicó su vida a la crianza de sus hijos: no había salido de uno y ya estaba embarazada de otro.

Amparo tenía un sentido de la religión muy serio, pero con el acierto de que a los demás no les era cargante; comprendía perfectamente los fallos ajenos, los aceptaba como cosas que son naturales en el ser humano. Tenía esa gran virtud de no ser pesada, a pesar de que era una mujer religiosa y de una gran espiritualidad; no atacaba a nadie, no era incómoda para nadie. Comprendió y vivió el Evangelio.

Amparo, en la enfermedad, vio que se moría, pero nunca lo planteó con miedo. Fuimos Cuchi y yo a verla (me acuerdo de que salí muy impresionada); estaba con un gorrito como los de los hospitales y al entrar la vimos, como siempre, sonriente y diciendo que se encontraba muy bien (con Amparo nunca he sabido cuándo estaba mal, porque siempre que le preguntaba cómo estaba, me decía: "Muy bien, estoy mejor que ayer; siempre estaba mejor que el día anterior; "He comido más-, decía). Estaba con ese gorrito en la cabeza y se daba tironcitos, porque le molestaría. Le dije: "Quítatelo si te molesta', y ella contestó: "Es que no tengo pelo-; "Si te va a volver o salir, ya te ha salido otra vez, quítatelo y no sufras, porque estas padeciendo' Se lo quitó y vi que tenía toda la cabeza como si hubiera tenido una corona de espinas; le habían puesto esa corona para hacerle la radiocirugía, Cuando la vi me quede impresionadísima; le dije: "¿Te duele mucho, te ha dolido mucho?; me dijo: "Sí, de todas las pruebas que han hecho es la que más me ha dolido-.

Dios probó a Amparo y ella estuvo a la altura de las circunstancias. Podría haberse desesperado, podía haberse rebotado y no lo hizo.

Pero, además, siempre con esa sonrisa.

LAURA CRESPO


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