YO CONOCÍ A AMPARO


Conocí a Amparo y a su marido Federico primo segundo de mi padre, en acontecimientos familiares. Siempre me daba un trato cariñoso.

El 27 de agosto de 1982, fui con ellos a Riaza. En el viaje Amparo me fue explicando con detalle y cariño una pequeña historia o anécdota de todos y cada uno de los pueblos que atravesábamos. Al mismo tiempo, me iba adelantando muchas cosas y relatos de Riaza.

En el primer fin de semana conocí a todos los amigos de la familia, y me organizaron, sin nada extraordinario, un fantástico plan que incluía: fronyón, subida al Puerto de la Quesera, Riofrío, tertulia nocturna, y aquellos café sinterminables con partida o tertulia, que siempre me gustaron mucho, y me parecían de muy buen tono intelectual. Si, había encontrado un grupo de amigos muy interesantes, con mucha afinidad, que me acogieron muy bien, y entre los que me encontré siempre muy a gusto. Todo ello en el marco de la grata hospitalidad y absoluto respeto a la libertad por parte de Amparo y Federico.

El segundo fin de semana, a mediados de septiembre, nos invitaron a mi primo Thomas y a mí, a pasar las fiestas de Riaza. En aquella ocasión nos regaló un ejemplar a cada uno, verde el de Thomas y rojo el mío. de "Camino", el primero que tuve.

En enero de 1983 inicié en la parroquia de los Romero mi preparación para recibir la Confirmación, en bastantes ocasiones veía después a los Romero. Amparo me invitaba a merendar, me dedicaba un buen rato de conversación, y charlábamos sobre la Confirmación o muchas otras cosas. Cuando recibí finalmente el Sacramento, el 7 de Diciembre de 1983, mis padres estaban de viaje. Amparo y Federico, junto con Luis y Nuria, asistieron a la ceremonia.

El trato de Amparo siempre era muy cariñoso, como si fuera la primera vez que iba a su casa. Esta sensación la tuve siempre que la visité.

Por aquella época se publicaron dos libros de homilías del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, "Amigos de Dios" y "Es Cristo que pasa". Me acuerdo perfectamente cómo me explicó, con qué sencillez y, al mismo tiempo, profundidad, en aquellas sobremesas en la sala de estar o del jardín de Cervantes, de qué modo Cristo pasa a nuestro lado en la vida, de manera que cada vez que después hye leído o utilizado ese libro en la oración, me vienen a la memoria aquellas deliciosas tertulias de tanto contenido apostólico. En Amparo, esto no era un postizo, o un papel que adoptara a ratos, sino que formaba parte de su conversación natural. Hablaba con toda sencillez de Dios, del ofrecimiento de las pequeñas labores de cada día, con mucha fe y mucho amor.

Estando en Riaza, era una delicia volver con Amparo de Misa. Un recorrido de cin co o diez minutos escasos, los que separan la Parroquia del número 71 de la Calle Cervantes, los convertía Amparo en cuarenta y cinco minutos de amable trato con vecinos y conocidos. Se paraba a saludarlos, charlaba con los que estaban en el balcón, les preguntaba por la familia, etc.., recordando muy bien nombre y datos de la salud de los vecinos. Yo supongo que ésto solo se puede explicar, porque los encomendara con frecuencia. Cuando los despedía y nos alejábamos de ellos, me ponía en antecedentes, siempre diciendo algo bueno de cada uno. Amparo era muy conocida y muy querida en Riaza.

En la casa de la Calle Cervantes había encargos, o bien estables o bien circunstanciales, como podía ser, por ejemplo, recoger la cocina. Al ir yo de vez en cuando a pasar un fin de semana, entraba en la categría de visita. Pero como quiera que mis visitas eran muy frecuentes, particularmente los años 1984, 1985 y 1986, yo consideraba que debía entrar en la relación de encargados. Amparo siempre me decía que no, hasta que se dio cuenta de que en mi casa también funcionaba un plan similar de encargos, y que me sentiría mejor si también recogía alguna vez la cocina. Entonces asintió, y me dejó hacerlo. Así eran los detalles de fina caridad que Amparo vivía. Yo en aquella ocasión simplemente se lo agradecí -porque me sentí mejor al ayudar-, pero tiempo después, recordándolo, me hizo apreciar cómo concebía Amparo el ejercicio de caridad con los demás.

Un verano, sería quizá el de 1985, ocurrió un seceso que me dejó una impresión muy honda de Amparo. Jugando un partido de balonvolea me caí y me di un golpe muy fuerte en la cabeza, no perdí la consciencia, aunque si la memoria durante unos minutos, de manera que cuando la recuperé un poco todos los amigos pensaban que estaba de guasa. A medida que transcurrió la tarde, recuperé del todo la memoria, si bien hay ahí cinco o diez minutos que tengo en blanco de esa tarde. Pero al llegar la noche y acostarme, como siempre en la habitación denominada "el hospital" de la casa de la calle Cervantes, empecé a encontrarme muy mal, y acudí con prisa al baño, que se encontraba en el otro extremo de la casa, muy próximo al dormitorio de Amparo. Ella se despertó, me cuidó, me estuvo velando toda la noche, y me atendió, preocupada, pero con todo el cariño y buen humor como lo hubiera hec ho una madre muy buena. Me impresionó su atención y desvelo. Llamó al día siguiente a mi casa de Madrid para ver qué me había dicho el médico. Normalmente cuando alguien se encuentra muy mal desea que su madre no ande lejos; pues en esta ocasión, si bien yo también me acordé de la mía, la dolencia fue mucho más llevadera gracias a Amparo.

Me enteré de la enfermedad de Amparo en 1994 por mis padres, y recuerdo ir a verla en alguna ocasión, y esperar en el salón hasta que salía del dormitorio, donde sus hijas le habían estado realizando algunas de las curas regulares en el costado. Recuerdo perfectamente, antes de verla aparecer por la puerta del salón su alegre voz por el pasillo, haciendo bromas sobre sus curas. Cuando entraba siempre empezaba diciendo cosas cariñosas sobre ti, restando importancia a su enfermedad. Por lo que supe después, aquellas curas a herida abierta eran muy dolorosas, pero nunca te comentaba nada sobre ellas, si no era para hacer bromas. Recuerdo, una vez iniciado el tratamiento de quimioterapia, verla en su casa con un turbante en la cabeza, haciendo nuevamente bromas sobre su aspecto.

Hacia mayo de 1996 fuimos mi mujer y yo de visita a su casa. Amparo se encontraba ya muy mal, estaba en cama en su dormitorio, y no pensamos que pudiéramos verla. Sin embargo, en un momento de la tarde, entró Federido o Nuria en el salón, y dijo que Amparo quería vernos. Tuvimos una sensación muy clara de que quería despedirse de nosotros, y que, con toda seguridad, ya no la veríamos más. Entramos en el dormitorio y nos sonrió. La rodeaban sus hijas, y tuvo unas palabras muy cariñosas para nosotros. Nos despedimos con un beso muy emocionados de ella, y nunca tuve una sensación más clara de ver a una persona tan cerca del Cielo, en todos los sentidos, y con tanta presencia de Dios

NICOLÁS DIETL SAGÜES


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