|
Conocí a Amparo Portilla en Octubre del año 1940, en el Colegio del Sagrado Corazón de Godella. Afortunadamente una alumna me acogió con tal cariño y afecto que sentí desaparecer mis inquietudes y desde aquel momento me sentí integrada en el Colegio, esa alumna que fue mi guía y en cierto modo "anfitriona" fue Amparo Portilla. Siempre que evoco aquellos años tan gratos y provechosos para mi formación y mi vida, la nota mas resaltante es precisamente la imagen de aquella compañera afable y cariñosa, de bella sonrisa, alegre y abierta, que invitaba a corresponder con el afecto sincero a todos los que tuvimos la suerte de conocerla y tratarla.
Muchos años después, recibí una carta de otra muy querida compañera, Amparo Boix que me informaba sobre la próxima introducción a la causa de beatificación de Amparo Portilla escribiendo: "... supongo que no te extrañará". ¡No, no me extrañó en absoluto! Deseé y deseo fervientemente que esta beatificación llegue a realizarse. Por ello ruego constantemente.
La fe de Amparo era algo que quedaba atrás, algo implícito; por delante iba su permanente unión espiritual con Cristo, que se manifestaba en rasgos no fáciles de describir, pero que son comunes por lo general, a cuantos están cerca de Dios: la- mirada amorosa y serena; la sonrisa tierna, franca y directa; la voz dulce y pausada; porte y ademanes finos y muy particulares; discreción... en fin: caridad, muchísima caridad; y por encima de todo, como algo impalpable pero que se sentía en forma muy real, paz, la Paz, con mayúscula, la que Dios otorga a sus elegidos, y la confianza del que ya ha bebido del "agua viva" que "salta a la vida eterna".
Recuerdo que un año antes de terminar el bachillerato tuve una época de desasosiego y de incertidumbre respecto a mi vocación, era algo tan angustioso que me hacía sufrir mucho. Se me ocurrió, como tantas otras veces, acudir a Amparo y ella con su don de consejo, con su don de misericord ia, del que nunca alardeaba, me fué serenando con gran dulzura y encauzando mi espíritu que en aquel momento estaba desquiciado. Durante esos años a menudo conversé con Amparo; no podría precisar sus palabras exactas, pues ha pasado demasiado tiempo; si puedo testimoniar sobre su entrega al prójimo y ,por lo que a mi respecta, siempre encontré al tratarla, consejo y consuelo. Transmitía siempre una serena alegría.
A pesar de su inmensa piedad, Amparo nunca demostró tener vocación religiosa sino más bien la de esposa y madre que, según he sabido, llevó a cabo años más tarde con tanto amor y santidad.
Desde hace tiempo tengo presente a Amparo Portilla en mis oraciones y le pido que me ayude y ayude también a los míos. Y así como estando viva, hace tanto tiempo, en los años en que la traté, ella me ayudó y me dio eficaz ejemplo, hoy sigue concediéndome favores que frecuentemente le pido.
Espero de todo corazón poder presenciar la beatificación de Amparo y si no estoy ya en este mundo, que ella me lleve a su lado.
Yo emigré a Venezuela en el año 1956 y desde entonces tan solo algunas veces supe algo de Amparo a través de otras compañeras y por lo que me informaban comprendí que la época de mi contacto con ella no fue sino la de su maduración para alcanzar una vida llena de amor a Dios, pues supo cumplir a cabalidad y aun en forma eminente el nuevo mandamiento de Cristo; a mí, a su prójimo, e incluso más que a sí misma.
No sé si en aquellos lejanos años lo pensé o no, seguramente mi juventud no me permitió apreciarlo, pero hoy tengo la muy fundada convicción de que Amparo Portilla era un alma tocada por el dedo de Dios.
LUISA PLA
|