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Conocí a Amparo el año 1949, cuando era novia de mi primo Federico. Desde entonces hasta su fallecimiento he tenido relación con ella.
Era una persona que daba mucha paz, con una sonrisa agradable siempre, que quitaba las penas. Sabía contestarte dulcemente al problema que tu le estabas contando y te daba seguridad saber que ese problema que le contabas no salía de ella; una persona fiel, que tenías a tu lado y podías contarle una alegría o una pena. No tenía doblez; con una palabra sencilla sabía aconsejarte y te comprendía, ¡con una alegría! Era de un trato muy dulce.

Desde que murió mi hija Mª Emilia me acuerdo más de Amparo, porque tengo un recuerdo maravilloso de ella. Cuando murió mi hija me llevaron mis primos a Madrid, y fui a verla; estaba ya muy enferma y no podía hablar, y yo lloraba, lloraba, lloraba; salió Amparo con una bata rosa, con un gorro en la cabeza, me cogió la mano y todo el rato que yo estaba llorando, llorando, llorando, ella me apretaba la mano y todavía tengo esa sensación de que Amparo me apretaba la mano. No sé si me consoló o me tranquilizó, pero yo sigo sintiend o el apretón de la mano de Amparo. Me fui muy relajada. Tengo ese recuerdo muy vivo. Ella sentía mi dolor y mi pena tan grande y por medio de apretarme la mano estaba a mi lado, me consolaba.
Yo siempre he rezado a Amparo, mas que rezarle, le pido, la tengo en la cabecera de la cama y le digo: ¡Amparo por favor hazme esto, Amparo que no me lo haces!. Tengo un diálogo continuo con Amparo.
En el momento de morir Mª Emilia, cogí su carita y dije: los niños, mientras yo viva estaré pendiente de ellos. Todo esto lo hablaba con Amparo: ¡Amparo cuida a estos niños, Amparo que yo pueda consolarlos! Sé que con la ayuda de Dios y la de Amparo están a mi lado.
Tanto en las cosas importantes como en las pequeñas pido constantemente ayuda a Amparo, tengo un diálogo con ella y creo que me escucha, rezo a Amparo y hablo con ella.
Mª CARMEN PUIG - VALENCIA - 25.5.2002
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