YO CONOCÍ A AMPARO


Conocí a Amparo en el año 1948 con motivo de su noviazgo con mi hermano Federico. Aunque vivimos en ciudades distintas nuestro trato fue continuo a nivel perso-nal o por correspondencia; en la boda de su hija Ángeles, dos meses antes de su fallecimiento, fue la última vez que nos vimos.

En los días que nos conocimos tenía 23 años, dos menos que yo. Ahora se la comprende mejor observándola con perspectiva

Era amable pero tenaz. Rectilínea en los ideales de su vida, espíritu religioso y por encima de todo el amor por sus hijos que, habiendo tenido once, fueron los que marcaron y condujeron el devenir de su vida. Podíamos en semblanza analógica definirla como "mujer paraguas" bajo cuyo manto protector cubriría no solo a sus citados hijos, sino a toda su familia, incluida la política y a las numerosas amistades que desde el colegio fue haciendo a lo largo de su vida.

La he calificado como "santa entre pucheros" pero no relumbrante ni milagrera. Ella siguió una norma de perfección con algún valle, acaparada por el hogar y la familia no solo la numerosa sino la más alejada de sangre o política como he dicho anteriormente.

Siempre me llamaba hermano, y en cierta "manera me parece que ocupaba el sitio de nuestra hermana mayor que no llegó a nacer y que tan añorada ha sido.

Su trato fue para mí entrañable y beneficioso. Más liberal que exigente. Consejera si se le pedía. Operativa y cariñosa durante la larga enfermedad de su suegra (mi madre) a la que en algunas temporadas (vivían en poblaciones distintas) atendió directamente.

Los puntos de mayor comunicación, los más personales, son las cartas, no frecuentes pero si significativas algunas, y los desayunos cuando iba a Madrid; Federico está en el trabajo, algunos hijos han madrugado y la soledad crea ambiente de confidencia, hasta la aparición de algún retrasado niño soñoliento.

Las conversaciones podían ser sobre temas varios pero el más recurrente son los hijos. Esto también por cartas y por teléfono. Se produce una especie de "parte oficial" hijo por hijo, de sus actividades, salud, problemas con visión más bien optimista pero también con gracia.

Si encuentro algo que puede ser de su interés se lo recorto o se lo foto copio y se lo envío. Recuerdo algunos artículos del monje de Poblet, Altisent, el último que le mandé, publicado en la Vanguardia el 2 de enero de 1994, trataba desmitificadoramente de la muerte. Sugiere que hay dos formas de morir, al contado y a plazos. Amparo murió a plazos. Añade el monje que morir significa hallar felices a las personas que has amado, surgir de ti todos los poemas y "bailar todos los valses", esta última ex-presión nos llama la atención y nos hace gracia.

Soy aficionado a mandar pequeñas citas aprovechando felicitaciones. Amparo me proporciona una que pone en boca de una amiga suya: "Otro día más que me acerca a ti Señor" dice cada mañana. Sus favoritas: Tara las Madres y para Dios, todos somos hijos únicos", y sobre todo "Lo que la oruga al romper su capullo interpreta como una catástrofe, como el fin del mundo, es que va a convertirse en mariposa", en la felicitación de 1994.

Se dedicó a Mamá (su suegra) cuando a ésta le llegaron las vacas flacas. Es de justicia dejar claro aquí, que no fue la única persona, que lo hizo. Durante años me ayudó quitándome presión, no solo llevándosela a Madrid unos días sino viniendo ella misma a Barcelona o "facturándome" hijas, eficaces colaboradoras.

En su camino de perfección ayudaba a los demás (hablo por mi), Nunca se concedió el derecho a ser juez de los otros( y quizá lo tenía). No es una santa al estilo rompedor Con un símil deportivo su estilo no es el de un Zarra o un Alfonso. Vivió más bien de centrocampista, tipo Guardiola, dando pases de gol a las personas que más quería.

Sobresalía en la Fe, alrededor de la cual desenvolvió su vida, y procuró que las personas dependientes de ella lo hicieran también.

Con Esperanza afrontó las adversidades, gozando de la confianza y de la alegría de quienes se abandonan en las manos de Dios, pero con el mazo dando. Ha sido y ha dejado un buen ejemplo para los que convivimos con ella y para quienes la conocieron.

Fue con el prójimo paciente y cariñosa y buena consejera. Procuró acercar a Dios a las personas de su entorno, pero sin presionar para imponer sus puntos de vista.

Nunca la oí criticar ni murmurar de nadie (si acaso disculpar, justificar) y olvidaba pronto el mal que se le pudiera hacen.

Era estimada por su Prudencia que tenía reconocida y yo a veces acudía a ella en demanda de consejo. También se sentía capaz de reconocer que se había equivocado. Sencilla en sus actos, la astucia y sobre todo el fingimiento le eran antipáticos. Su discreción se extendía al emitir juicios sobre los demás, algo que no hacia si no eran favorables.

Si se le pedía un juicio aconsejaba después de haber escuchado a las partes, procurando amalgamar la justicia con la caridad. No creo que tuviera que perdonar las injurias, pues no me consta que las sufriera.

Sabía escuchar y se moderaba en el hablar y en el discutir.

Vivió la Castidad en su "circunstancia" que diría Ortega, sí tenemos en cuenta que dio a luz once hijos y sufrió tres abortos.

No buscaba para sí la gloria humana y en su paso por la vida, sin exagerar, procuró no llamar la atención. Trataba bien, mas que bien, a los que dependían de ella.

Su propio juicio solía ser acertado pero siempre estaba dispuesta a asesorarse para mejorarlo.

Realizó sus trabajos con eficacia y responsabilidad. Poco puede decirse de sus tiempos libres, no los solía tener, tal vez sea un ejemplo de heroicidad el subir once hijos.

En la misa que por su alma se celebró en Santa María del Mar de Barcelona, a poco de su fallecimiento, el celebrante olvidó citarla, y al hacérselo notar, prometió subsanarlo al día siguiente. El no había oído hablar nunca de mi cuñada, por eso nos sorprendió cuando dijo, no se preocupen, de todas maneras esta señora está ya en el Cielo.

Esta frase, esta señora está ya en el Cielo, podría resumir todo.

CARLOS ROMERO


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